Cuando escribir se vuelve un fin en sí mismo y no hay alternativa posible, ni tarea, ni acción que desvíe su trayectoria inevitable, hay que escribir. Escribir desde la servilleta de papel, con lápiz de cejas, desde un celular de pantalla pixelada, de Tablet jubilatoria o laptop recuperada a fuerza de antivirus, reviviendo el coraje de la máquina de coser en un teclado alfabético, en modo digital, o enarbolando un fragmento de grafito o de pluma o de tinta líquida vertiéndose en una libreta blanca o en un papel glaseado o estraza, cuando no en un boleto de bus o en el dorso de una mano, en la palma, no en el envés.
Es entonces, cuando se vuelve una razón irracional escribir, porque ya se ha ido probando todo y no hay FB sentimental y fulero, ni twitter con sus palabras recortadas, ni Instagram con su imposición de imágenes, ni todos los chat de mac, de window, de Bob o de Mike, hasta de Linux, que remienden, es cuando no hay más remedio que escribir y se busca cualquier lugar, se encuentra cualquier sitio para moldear el lenguaje, un muro donde plantar leyendas que suban como enredaderas.
Este es el punto donde nos reiteramos, nos repetimos, nos plagiamos, hacemos una copia de nosotras mismas para que el tiempo no devore las palabras que quedan por decir cuando escribir es un destino.
Melba Guariglia

Comentarios